Esta investigación es fruto de una colaboración con el African Network of Centers for Investigative Reporting, como parte del proyecto Medicamentalia Vacunas.

Sentado bajo un árbol, Modu Sheriff se protege del sol abrasador de Borno, uno de los estados al noreste de Nigeria. Rápidamente se presta a ser entrevistado sobre la vacunación de sus hijos: es una historia que quiere contar de forma desesperada. “Mis hijos no han recibido ninguna vacuna”, cuenta en hausa, uno de los idiomas predominantes alrededor de la frontera norte del país. “La mayoría de los niños de por aquí no han sido vacunados”. Modu es originario de Kondunga, una provincia de Borno que fue arrasada por Boko Haram y que le convirtió en una persona desplazada.

Junto a sus dos mujeres y sus diez hijos –con edades de entre los 3 meses a los 15 años–, viven acampados en Galtimari, una de las comunidades de acogida, situada a tres kilómetros del principal campamento de refugiados de la región y cercana también a Giwa, unos barracones del ejército nigeriano.

CHAD

NÍGER

BORNO

Galtimari

BENIN

NIGERIA

CAMERÚN

De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre Inmunización (NICS, por sus siglas en inglés), elaborada por la Agencia de Desarrollo de la Atención Primaria (National Primary Health Care Development Agency, en inglés), el 77% de los niños nigerianos no han sido completamente vacunados. En la región noreste, donde se sitúa Borno, el porcentaje asciende al 80%. Y esto es así por dos razones principales: los centros de vacunación están demasiado lejos y las visitas a los campamentos del personal de la OMS no son anunciadas con antelación.

El dinero es el primer obstáculo. Una cartilla de vacunación, con las que se registran las vacunas que ha recibido cada niño, puede ser un lujo. “Cuestan 50 nairas”, se queja Modu. En euros no llega a los 10 céntimos. Solo uno de cada tres niños tiene una cartilla de vacunación, según la NICS. La encuesta también muestra que en aquellos estados con menor número de cartillas se dan los porcentajes de vacunación más bajos de Nigeria.

Además, está el transporte: “Tengo diez hijos, ¿de dónde saco el dinero para llevarlos a vacunar si a duras penas los puedo alimentar?”. Chika Offor, directora de la ONG Vaccines Network, confirma que si a la pobreza se le añade la lejanía de los centros de salud, sus probabilidades de recibir vacunas disminuyen.

Recibir asistencia médica en los campamentos

Ali Sheriff y su familia viven una historia similar. Proceden de Bama, en el estado de Borno, pero ahora acampan en la escuela de Galtimari, que está también apartada del campamento principal. Ali afirma que es casi imposible vacunar a sus hijos: “La OMS visita el campamento principal para vacunar a los niños, pero no nos avisan de cuándo vendrán. Y cuando nos enteramos suele ser demasiado tarde. Hemos llevado corriendo a nuestros niños, pero cuando llegamos ya se habían marchado”, lamenta.

Su mujer, que prefiere no ser identificada, es consciente de que las vacunas salvan vidas. Quiere vacunar a sus hijos, pero llevarlos a los centros de salud se le antoja imposible. “A los tres meses de tener a mi hijo, le llevé al hospital para ponerle la BCG (contra la tuberculosis) y la vacuna contra la polio, pero no he podido continuar con las otras dosis”, explica.

Ella tuvo a dos de sus hijos en el campamento. “No había ningún médico para ayudarme. Fue horrible porque además sufrí una eclampsia” –una complicación del embarazo que se caracteriza por convulsiones antes de caer en estado de coma–, cuenta. Con su hijo mayor, de nueve años, nacido antes de la crisis provocada por Boko Haram, la historia fue muy diferente. Él sí fue vacunado.

“Me gustaría que el personal de la OMS esté más cerca. Antes, ellos solían tener pequeñas clínicas donde podíamos ir, pero las abandonaron”, dice la mujer de Ali. “Si las reabrieran, podríamos llevar allí a nuestros hijos”, añade.

La Agencia de Desarrollo de la Atención Primaria de Nigeria, responsable de los programas de vacunación, no quiso responder a nuestras preguntas pese a que realizamos varios intentos. Mientras tanto, los desplazados que acampan en Galtimari continúan sin vacunar y mantienen la esperanza en que el próximo brote no sea en su comunidad. En este estado de Borno, un brote de cólera está ganando rápidamente terreno debido a las pobres infraestructuras, la falta de agua limpia y la superpoblación de algunas zonas. En el último recuento, se dieron 2,627 casos de cólera, con 48 personas fallecidas. La solución, desafortunadamente, no consiste solo en mantener la esperanza.